Probablemente uno de los artistas más influyentes del
siglo XX, Robert Mapplethorpe es el fotógrafo –poeta para muchos– del
cuerpo por excelencia. Nació en Nueva York en el entorno de una familia
católica practicante. De niño estuvo un tiempo siendo monaguillo. Su padre,
estricto y de convicciones firmes, quería que Mapplethorpe fuera publicista.
Fan confeso de Andy Warhol, sus primeras producciones utilizaban la fotografía
como recurso para crear obras mixtas con un marcado carácter conceptual y
pop.
Mención aparte merece su relación con Patti Smith a
la que conoció cuando ambos “eran unos niños” en el Nueva York de los años
sesenta, concretamente durante el verano del amor. Se encontraron y estuvieron
sobreviviendo durante años en una pequeña habitación del hotel Chelsea.
Allí coincidirían con personajes de la talla de Janis Joplin, Allen Ginsberg y
muchos de los miembros de la Factorywharholiana. Descubrió la
fotografía con una pequeña cámara Polaroid –“la inmediatez del proceso
se adecuaba a su carácter”, reconocería Smith– a comienzos de los años 70.
Su obra, presente desde mediados de los años setenta en los principales
museos y centros de arte de todo el mundo, es indisociable de la
carnalidad y el blanco y negro. Lo primero, manifiesto a través de las referencias
sexuales explícitas y las alusiones a la homosexualidad y al sadomaso, y lo
segundo, consecuencia de su sentido de la composición, de la luz, las
gradaciones y las texturas. “Trabajaba sin reparos, revistiendo lo homosexual
de grandeza, masculinidad y una nobleza envidiable. No pretendía hacer ningún
alegato político ni ninguna declaración de su ideología sexual en progreso.
Pretendíadignificar aspectos de la experiencia masculina, conferir
misticismo a la homosexualidad”, apuntaría Patti Smith al respecto.
El escándalo acompañó siempre a las exposiciones de
Mapplethorpe. Sobre todo en aquellas en las que se podían ver de forma
explícita prácticas sadomasoquistas homosexuales. Con él, el desnudo
masculino adquirió cuotas de belleza ausentes desde la Antigua Grecia.
“Busco la perfección en la forma. Lo hago con los retratos, con las pollas, con
las flores”, declararía.
Además de en galerías y museos, sus instantáneas siempre
estuvieron presentes en las páginas de algunas de las revistas más
prestigiosas del momento, de Vogue a Harper’s Baazar. Entre
sus influencias, el ya mencionado Andy Warhol, la película Cowboy de
medianoche (1969) y los filmes de Fellini y Pasolini, de Félix Nadar y
August Sander, o su pareja y mecenas, Sam Wagstaff. “A Robert no le gustaba
retocar las fotos; para él, cada elemento de la imagen tenía que ser
perfecto", admitiría Dimitri Levas, vicepresidente de la fundación que
lleva su nombre.

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